domingo, 14 de octubre de 2007

PRÓXIMO 21 DE OCTUBRE: RUTA LAS CÁRCAVAS DEL PONTÓN DE LA OLIVA

LAS CARCAVAS
CARCAVA
Pontón de la Oliva

El Pontón de la Oliva es una presa, hoy en desuso, situada en la
Sierra de Guadarrama, Comunidad de Madrid. Es el más antiguo de todo el sistema de embalses y canalizaciones del Canal de Isabel II, red que suministra el agua potable a la capital de España y a buena parte de la Comunidad de Madrid.

HISTORIA
En 1848, el ministro Juan Bravo Murillo, que ocupaba la cartera de Obras Públicas encargó a los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera un proyecto para garantizar el suministro de agua a Madrid, que se encontraba por entonces en plena expansión demográfica y económica. Los ingenieros diseñaron un sistema de traída de agua a Madrid, cuyo eje principal era construir una presa en el curso bajo del río Lozoya. El lugar elegido fue una garganta natural que los lugareños conocían como el «cerro de la oliva».
El 11 de agosto de
1851 se puso la primera piedra de la presa en un acto que contó con la asistencia del rey consorte Francisco de Asís de Borbón. La obra era de tal magnitud que fue preciso contratar miles de peones de obra que trabajaron durante varios años en durísimas condiciones y con la maquinaria de obra de la época. La mayor parte de los obreros que construyeron el Pontón de la Oliva eran presidiarios. El contingente de presos era de 1.500 que padecieron las duras condiciones de trabajo y la epidemia de cólera que apareció en el campamento que situaron a pie de obra. Como nota curiosa cabe resaltar que entre las distintas obras del proyecto, que no se circunscribía a la presa sobre el Lozoya, los ingenieros utilizaron palomas mensajeras para comunicarse en lo que dieron en llamar telegrafía alada.
En 1856 la obras de la presa estaban finalizadas, pero el Pontón de la Oliva habría de esperar dos años para ser inaugurado. El 24 de junio de
1858 quedó inaugurado el primer sistema del Canal de Isabel II, Pontón de la Oliva incluido, en un acto en la carrera de San Bernardo al que asistieron la reina Isabel II de España y todo el Consejo de Ministros.
La vida del Pontón de la Oliva fue, sin embargo, muy corta. Los ingenieros habían elegido mal el lugar donde erigir la presa y pronto aparecieron filtraciones que arruinaron la capacidad de embalse del pantano. Pocos años después de ser construida, la presa pionera de Madrid cayó en desuso y fue sustituida por la del
embalse de El Villar.
A pesar de no realizar la función para la que fue erigida, la presa del Pontón de la Oliva sigue en pie y forma parte ya del patrimonio histórico de la Sierra de Guadarrama.

Detalles técnicos
La presa tiene 72,4 metros de longitud, 6,7 metros de anchura en la coronación y 39 metros de anchura en la base. La altura del muro es de 27 metros y posee otros 5 metros de cimientos bajo el cauce del río. La fábrica de la presa es de sillería de grandes bloques de piedra unidos mediante mortero de cal.


VISTA AEREA DEL RECORRIDO


Plano del recorrido de la ruta Detalle de la subida a las cárcavas

RUTA DE LAS CÁRCAVAS

Gigantes de barro, Barrancos fantasmagóricos desfiguran al terreno entre el Pontón de la Oliva y el pueblo de Alpedrete de la Sierra

Distancia desde Majadahonda 80 Kms. , Ruta circular, 12 Km., dificultad Media-Baja, 4 horas , 260 m. desnivel.

El Pontón de la Oliva, punto de partida de esta excursión, tiene rápido acceso por la carretera de Burgos (N-I), desviándose por la N-320 hasta Torrelaguna y luego por la M-102 hasta el límite de Madrid y Guadalajara, pasando por Patones de Abajo. La pista asfaltada por la que ha de empezarse la marcha es prolongación de la carretera que llega hasta la base de la presa.
El invierno es una estación ideal para visitar las cárcavas, pues el resto del año gravita sobre ellas un sol de justicia.
Alguien habrá por ahí, a no dudarlo, que haya observado ya que el paisaje no es un hecho objetivo, sino una proyección del alma. Ello explicaría por qué los caminantes, que suelen ser almas sensibles, prefieren a veces las cumbres luminosas, en ocasiones la penumbra de las pinadas y, en determinados momentos –por ejemplo, cuando les ha salido positiva la declaración de la renta–, la más negra y honda de las gargantas. De ser esto cierto, las cárcavas de Alpedrete de la Sierra sólo serían frecuentadas por espíritus retorcidos, lectores de Poe y excursionistas al borde del suicidio.
Obra de mano inhumana, como de garra diabólica, las cárcavas desfiguran la faz de los cerros arcillosos que se alzan sobre la confluencia del Lozoya y el Jarama, en las soledades donde lindan la sierra y la raña, Madrid y Guadalajara. Siglos de tormentas y avenidas han labrado estas agrias barrancas en cuyo seno despuntan cuchillas y torreones, crestones y pináculos, dedos y falos más antiguos que los hombres y sus dioses antropomorfos; estas sedientas torrenteras a cuyos pies yacen miríadas de grandes cantos rodados, espejismo de las playas y los mares que anegaron estos páramos en los días del mesozoico, hace cien millones de años.
Preludio del tétrico panorama que hoy aguarda al caminante es el Pontón de la Oliva, el más viejo embalse de la región y el más triste. Dos mil presidiarios bregaron desde 1851 hasta 1855 para erigir esta presa de vertedero de 72 metros de longitud y 27 de altura, y total para nada. Mejores esclavistas que ingenieros, los promotores del flamante Canal de Isabel II debieron de reír, por no llorar, cuando vieron cómo el río Lozoya se filtraba a través de ignotas cavernas y pasaba de rositas bajo tamaña fábrica; justo castigo éste –si bien se mira–, viniendo del Gran Arquitecto, a Quien siempre le deleitaron los milagros con un fondo de agua.
Las argollas herrumbrosas a las que permanecían encadenados los siervos de la pena se confunden hoy, en los acantilados de parda roca caliza que flanquean la presa, con los muchos seguros instalados allí por los escaladores, esos esclavos gustosos del vértigo y la adrenalina. Y el excursionista, que no es amigo de esclavitudes –ni a la fuerza, ni de grado–, se echa andar por la pista asfaltada que va del Pontón de la Oliva a Alpedrete de la Sierra con el paso largo y confiado del que camina libremente sobre el haz de la tierra.
Olivos de pies atormentados jalonan esta carreterilla –en realidad, camino de servicio del Canal de Isabel II– por la que avanza el caminante hasta la primera curva cerrada a mano izquierda. Aquí nace el nítido sendero que, adentrándose primeramente en el olivar y salvando acto seguido la rambla que cae a la derecha, trepa luego por la máxima pendiente del cerro inmediato hasta asomarse al espectáculo de las cárcavas y sus picudas torres de barro.
Nada sabe el excursionista –bien está advertirlo– de asuntos de geología, pero lo poco que ha leído sobre las cárcavas es –y vaya por quien lo coja– que se formaron por la tremenda erosión del período Diluvial en los rellenos de la era Terciaria. Al excursionista, como es de suponer que al lector, estas definiciones científicas le dejan frío; todo lo contrario que la mera contemplación de esta hoya en que bullen las columnatas y los contrafuertes, las gárgolas y las giraldas concebidas por algún geniecillo precursor de Gaudí.
Monte arriba, sobre la mayor de las cárcavas, las ruinas de un aprisco edificado con cantos rodados se alza a dos pasos de un camino de herradura que, siguiéndolo siempre hacia el norte –aunque cuidando de tomar el ramal de la derecha en la primera bifurcación, tras sobrepasar un bosquete de pinos– desemboca de nuevo en la pista asfaltada por la que el caminante empezó su jornada. A manderecha, muy cerca, queda Alpedrete de la Sierra. A mano izquierda, regresando por la pista, el Pontón de la Oliva, paraje tétrico como las almas que en él penaron.

Andrés Campos